La articulación como coordinación de acciones


La articulación de Políticas de Estado constituye cada vez más uno de los grandes desafíos de las administraciones públicas modernas. La búsqueda de estados más descentralizados, así como el incremento de la participación comunitaria que implica una mayor complejidad en las relaciones entre la sociedad civil y el estado, exigen responder a una pregunta inevitable: ¿Cómo logra el estado articular de manera exitosa?

Una de las palabras que se reitera en diferentes discursos políticos suele ser “articulen entre todas las áreas”; “articular políticas entre la Nación y la Provincia”, “articular acciones sectoriales entre los Municipios de la Región”;” articular entre los países del MERCOSUR”, “se realizó la reunión de presidentes para articular políticas conjuntas” o “articular entre el Estado y la sociedad civil”, etc.

Esta palabra surge así en las “agendas” políticas. Muchos funcionarios están convencidos de que es importante, pero a la hora de lograrla surgen las dificultades, relacionadas siempre con factores humanos.

El Estado como organización, está conformada por seres humanos. Ellos interactúan permanentemente, no solo respondiendo a sus intereses como funcionarios o agentes públicos. No debemos olvidarnos de que sus acciones reflejarán sus “forma de ser” permanentemente: sus intereses individuales, sus paradigmas (incluyendo sus concepciones de género), su forma de relacionarse con los demás, sus estados de ánimo.

Vamos a analizar algunos aspectos que, desde mi punto de vista, afectan a una efectiva articulación.

Jugemos a que articulamos.

Mencionábamos en un artículo anterior: luchas de poder, liderazgos débiles, autoridades “esquizofrénicas”, celos y envidias, incapacidades, falta de estructuras flexibles, de mecanismos de comunicación ágiles entre áreas, falta de mecanismos para la gestión de conflictos, de capacidad de negociación, de decisión política.

No se puede articular por decreto o por ley. Por más que exista una norma que obligue a hacerlo, se cae fácilmente en una trampa: la de “jugar a que estamos articulando”.

En algún caso, producto de alguna decisión política que pretende hacer de cuenta que brinda participación, pero que efectivamente no lo hace: se generan documentos entre técnicos de diferentes áreas, se confeccionan planillas, que luego duermen en los escritorios de algún funcionario; se realizan asambleas con líderes comunitarios donde todos hablan, pero nunca nada se concreta.

Otras veces – las más – producto de la poca experiencia o práctica en trabajo en equipos interdisciplinarios o con diferentes áreas. Esto tiene que ver con las viejas concepciones de estados absolutamente centralistas, de estructuras conformadas como compartimentos estancos.

En la mayor trampa que se cae, es en la práctica del “reunionismo”. Esto significa, que se realizan numerosas y extensas reuniones sin llegarse a un objetivo compartido, donde la pérdida de tiempo para las personas que participan y para las áreas afectadas es inconmensurable.

Es lógico que un objetivo común no surja de una primera reunión. Pero si después de varias no se logra, el coordinador o la coordinadora debe analizar si éstas están siendo efectivas. Y ver qué está fallando para cambiar el rumbo y no producir un mayor desgaste en las personas, que luego afectará el trabajo a futuro. Aquí, la planificación de las reuniones resulta fundamental, tanto como la evaluación de si se está avanzando o no en la generación de algún resultado concreto.

Si sólo se “juega a articular”, no se logra efectividad. Sólo se generan acciones aisladas, actividades que pueden estar muy bien definidas, bien coordinadas, bien organizadas, pero que se convierten en un fin en sí mismas.

Uno de los principales aspectos a tener en cuenta para una articulación de organismos, o para la articulación con la comunidad o la sociedad civil es la planificación conjunta en función de objetivos comunes. De tal manera que los objetivos articulados se incorporen a los objetivos de la planificación de cada área. Esto debe completarse con metas, acciones y formas de evaluación de los avances y de los resultados.

Si bien puede parecer bastante obvio, a la hora de articular no lo es tanto.

Si, por ejemplo, se reúnen diferentes áreas como pueden ser Desarrollo Social de la Nación, con su equivalente de Provincia y su equivalente de algún Municipio del país y se proponen articular, todas deben tener claro – entre otras cosas- qué entienden como política de desarrollo social, acordar un diagnóstico común, y evaluar qué se proponen con la articulación conjunta. Por ejemplo, la entrega de subsidios a un determinado sector de la Población de un Municipio, puede ser una acción coordinada. Pero ¿para qué? La reducción de la pobreza puede ser un objetivo conjunto. La meta podría ser reducir en un 3% la pobreza en la localidad X. Las actividades planificadas deben serlo en función de dicha meta. Así, la entrega de subsidios puede ser un paliativo, pero no logra por sí misma el objetivo, que sí podría alcanzarse con otro tipo de actividades que aprovechen la sinergia del trabajo conjunto.

Definir solamente acciones coordinadas, no logran otro objetivo más que realizar estas acciones y decir que se “está articulando”.

Puede ser importante, pero se pierde la posibilidad de potenciar los recursos y el capital de cada área, entre los cuales incluimos los “saberes”, las experiencias, los recursos económicos reales de cada una de ellas.

La articulación brinda un nuevo elemento a la planificación de cada área, potenciando los recursos para acceder a nuevos objetivos o alcanzar objetivos previamente planificados.

La articulación es un proceso de aprendizaje grupal. Se aprende a trabajar unos con otros. Cooperación, colaboración, negociación, comunicación, resolución de conflictos, son aspectos claves.

Si se quiere lograr una efectiva articulación hay que estar muy atentos de dejar de jugar el juego y transformar las reuniones en acción efectiva.

Para avanzar en el sentido de lograr una “cultura de la articulación” en el Estado, debemos tener en cuenta:

Que podemos convertir a la articulación en una fuente de posibilidades, creando para las comunidades una nueva realidad, potenciando los recursos de todas las áreas que están interactuando.
Que quienes articulan son seres humanos con sus propios intereses, su propio marco de interpretación, su propia perspectiva de género, sus propios estados de ánimo, su propia manera de comunicarse y gestionar sus conflictos.
Que estos se convierten en factores subjetivos que interfieren o facilitan un proceso de articulación.
Que se hace necesario establecer consenso entre distintos sectores con diferentes intereses y lograr acuerdos en un contexto en el cual todos ganen, por lo que es necesario trabajar aspectos tales como la negociación, la resolución de conflictos, y la comunicación.

Una articulación exitosa del Estado es posible. Para ello, es necesaria la capacitación de su planta en áreas que respondan a las nuevas exigencias de participación comunitaria y trabajo en equipo.

Laura Barrera